Alejandra Soria (Durango, México, 1983) ha unido los mecanismos de la ficción con su propia biografía para escribir Resistencia, su primera novela. A lo largo de esta biografía novelada, Soria hace frente a todo su pasado y, en especial, a la relación con su padre, Edmundo Soria.
Él le transmitió la pasión por la literatura, pero también una serie de manías y obsesiones que marcaron la adolescencia y la primera edad adulta de la autora. Años después, y experimentando una enfermedad física a la vez que su padre, comienza a escribir este collage en el que afronta distintas muertes físicas y figuradas para reescribirse.

–Resistencia es un libro duro, basado honestamente en tu propia biografía: ¿cómo te enfrentas, en este momento, al hecho de que tu historia esté ahí, convertida en volúmenes en papel al alcance de todos?
¡Aterrorizada! En mi vida diaria soy una persona muy reservada, trato de seguir a rajatabla el lema de mi padre: “Dar la mayor cantidad de información posible, siempre y cuando sea falsa”. Busco que mi navegar por la vida sea silencioso, siguiendo el lema de mi maestro Bill Alexander: “ser uno menos”. Comencé a escribir esta historia sin la intención de publicarla; la escritura surgió como respuesta ante el dolor por la enfermedad de mi padre. Un grito ante su silencio. En un principio ni siquiera podía fantasear con terminar la historia, puesto que yo misma estaba pasando por mi propia enfermedad. La narración la fui construyendo a lo largo de varios años, en los escasos espacios lúcidos que la vida y nuestras enfermedades me lo permitían
El paso del texto del espacio de la intimidad al ámbito público no fue sencillo. No solo surge el crítico interior sino también el censor. ¿Por qué hablar públicamente del dolor? Ante tragedias descomunales que sufren las personas día tras día, ¿qué derechos tienen mis dolores personales y los de mi padre a ser escuchados o leídos? Incluso a existir. Ante estos cuestionamientos recordaba lo que muchas veces me decía mi papá: “Tu dolor, por grande o minúsculo que sea, importa porque es tuyo”. Pudiera decirse que mi dolor y el de mi padre escribieron este libro.
Conforme el texto fue tomando forma lo fui compartiendo con algunas personas que me alentaron a concluirlo. También hubo algunas voces que me impelieron a dejarlo oculto en el cajón para no ventilar los temas familiares. Pero para entonces la historia ya estaba prácticamente terminada. ¿Y qué hace uno con un texto ya medio cocido? Pues publicarlo. Tuve varios editores, con mayor o menor suerte, hasta llegar a los ojos y manos gentiles de Adel Editores.
Resistencia es un libro de fuertes tintes autobiográficos pero, como cualquier historia, se vuelve ficción al ser narrada, escrita. De esta manera es la propia ficción la que me permite poner distancia con el texto para no llamarla “mi” historia, sino “la” historia. Resistencia nace de mí, pero, como con los hijos, el cordón umbilical se corta y poseen su propia vida, ajena a la de uno.
-La autoficción es un subgénero en boga, pero que tiene tantos amantes como detractores. ¿Tienes alguna preocupación por la recepción de la obra?
¡Claro que hay una preocupación por cómo se reciba la obra! Pero no porque sea autoficción, sino porque esté bien escrita. Toda obra, sea del género que sea, no puede ser ajena a la vida interior de quien la escribe; de aquí que pudiera decirse que toda obra es autoficción. De la misma forma, se puede decir que toda narración es autónoma de su autor en cuanto se escribe y, por lo tanto, se produce un rompimiento con las referencias autobiográficas del escritor. Una obra solo se puede explicar dentro de sí misma y no fuera de ella.
-Hablas sin tapujos de la enfermedad y de la muerte, no solo la real, sino las figuradas: la familia que se aleja, la ruptura con los padres, las parejas, las creencias. ¿Cómo se convive con esos recuerdos desde la escritura?
Ha sido doloroso regresar a muchos de estos momentos. No considero, ni nunca me lo planteé como objetivo, que Resistencia fuera un libro redentor, ni para quien lo escribe, ni para quien lo lee, ni para los personajes. Resistencia es una herida que tiene que sufrirse para sobrevivir. Su escritura no fue fácil, hubo momentos en los que el recuerdo me abrumaba y tenía que detenerme por varios días. Pero también gocé plasmar por escrito aquellos recuerdos luminosos que comparto con mi padre, así como sus excentricidades, ocurrencias, manías, su amor por la palabra y su absoluta dedicación como padre.
–¿Es Resistencia una forma de documentar el proceso freudiano de ‘matar al padre’?
No lo sé. No sé si de “matar al padre” o encarnarlo. Si la historia hubiera terminado en el episodio de la clínica de salud mental, definitivamente sería una sobre la madurez del personaje, el volverse responsable de las consecuencias de sus acciones sin culpar al padre y/o a la madre. Pero Resistencia va más allá. Es un acto de amor hacia el padre, de dejar constancia de una relación que es más profunda que la muerte misma. Es grabar en la palabra escrita nuestra última conversación, una que contiene todas las conversaciones de nuestro pasado.

-La idea del mosaico en la estructura es muy evidente para el lector: construyes tu propia historia a través de recuerdos convertidos en teselas de lo que eres. ¿Por qué optar por esta fórmula narrativa?
Porque es la forma más realista de contar una vida. Somos teselas de un pasado construido, forjado, en la ficción de nuestra memoria. No sé si sería capaz de contar una vida, o entender la mía, de otra forma.
–La literatura está muy presente en la obra. En algún punto del libro recuperas momentos de exquisita belleza como aquel en el que tu padre te leía incluso los ISBN de los cuentos infantiles. ¿Qué importancia tiene y ha tenido la escritura de otros en la tuya y en tu vida?
Ha sido fundamental tanto lo que leo como la manera en que leo. Durante mi adolescencia solo fui capaz de leer cuentos cortos porque creía que leer era recordarlo todo; lo cual, me di cuenta muy pronto, me era imposible. Pensé que estaba incapacitada para leer textos más largos. Fue una etapa particularmente obsesiva en mi vida. Yo creo que desde entonces forjé mi forma de leer: soy una lectora muy lenta, subrayo mucho, releo demasiado. Pero ahora no releo para recordar, sino por el placer de una frase bien escrita.
Ha habido lecturas que han sido determinantes en ciertos momentos de mi vida: la primera vez que leí El Castillo de Kafka me frustró tanto que no pude pasar de las primeras páginas y me cuestioné si estaba hecha para la literatura; leer la obra completa de Machado me sumió en una melancolía tan aguda que no me pude levantar de la cama en días; Pedro Páramo me provocó un ataque de pánico que seguro mis gritos se escucharon hasta Comala; Renacimiento de Kenzaburo Oé me abrazó en un invierno triste y frío de Navarra (me despertaba solo para leerlo); etc.
Pero así como ha habido libros, lecturas, que han definido estas teselas que van conformando mi vida, también la ausencia de libros ha sido rotunda y descorazonadora. Tuve un embarazo de alto riesgo y permanecí en cama tres meses seguidos; aunque tenía todo el tiempo para leer no pude más que terminar un libro maravilloso de Javier Cercas, El Impostor, y por muchos meses fui incapaz de leer nada. Ahora también estoy pasando por un momento semejante. Tras ocho años de tratamiento por mi enfermedad, mi organismo está agotado, física y mentalmente. No he podido leer prácticamente nada en seis meses. Escucho audiolibros de investigaciones periodísticas, pero mi mente es incapaz de concentrarse en algo más elaborado. Es extraño no tener algo que lo ha conformado a uno de manera tan determinante como lo es la lectura para mí. Es aprender a vivir sin una parte de uno. Espero esto llegue a cambiar.
-Ahora, ¿encuentras espacio en la escritura que nace más allá de la propia biografía de cara a futuros proyectos?
No por el momento. En los escasos momentos que la neblina mental me permite, estoy trabajando en un texto sobre un accidente que tuvo mi madre el año pasado. Pero, aunque parte de una anécdota autobiográfica, es un texto ficcional en su totalidad. Parto del accidente para construir una oda a Groenlandia y a los hielos tan descomunales como bellos que navegan sin rumbo por el océano Ártico.

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