Quique Fernández (Málaga, 1992) ha construido Los años buenos desde la culpabilidad y el perdón. Para este escritor, que cuenta con un libro de relatos y varios premios literarios en su haber, estos son los pilares fundamentales para contar la historia de Amaia y de Óscar e Inés, sus padres.
Sitúa a los tres personajes en un momento fundamental de sus vidas: algo que, sin dejar de ser cotidiano, los hace repasar sus biografías y reflexionar sobre aquello que los une y que los separa.

–¿Cuál es el hilo conductor que engloba las historias de Los años buenos?
La memoria.
Quizás suena poético o etéreo, pero es la idea de la que surge la novela y la que acaba cargando de significado a los personajes. Concretamente me refiero a la memoria familiar, esos actos pequeños o grandes que construyen las relaciones entre padres e hijos, entre hermanos, entre primos…
Mi intención ha sido la de explorar las historias cotidianas que sirven como cimiento de las familias, que ayudan a mantener el amor y el cariño en mayor o menor medida, pero que también pueden provocar grietas y heridas que permanecen a lo largo de los años o incluso durante toda una existencia.
Óscar, Inés y Amaia se enfrentan a sus recuerdos de manera constante. A veces buscan una explicación a los hechos que les causan dolor en el presente, y en otras ocasiones acuden al pasado como refugio.
Por eso, para mí, la memoria es el elemento central de la novela, y también de cualquier familia.
-En tu novela abordas tres personajes que están muy lejos de tu perfil personal: una mujer joven y una pareja de ancianos. ¿Cuál es el mayor reto de asumir estos roles, de alguna manera?
Siempre me ha gustado ponerme en la piel de personajes que no tienen nada que ver conmigo. Es un reto, sí, porque corres el riesgo de no ser verosímil y que la narración resulte forzada, pero al mismo tiempo te obliga a permanecer alerta durante todo el proceso de escritura y a potenciar tu imaginación.
Tienes que examinar a fondo las emociones y conflictos de tus personajes, también sus contradicciones, dejar que te sorprendan y, sobre todo, no juzgarlos.
Al final los terminas conociendo en toda su complejidad, y entonces el resultado trasciende a tu propio ego, que es un peligro que acompaña a cualquier escritor.
–Esto es especialmente relevante en el caso de Amaia, la hija. Para sus partes, eliges la primera persona y coqueteas con la idea del flujo de conciencia. ¿Era necesario escuchar su voz?
Era necesario dotar a Amaia de una voz propia y distinta a la de sus padres. Inés y Óscar (los padres de Amaia) pertenecen a una misma generación y acumulan unas experiencias que les hacen pensar de una manera determinada. Aunque son diferentes y tienen importantes fricciones a lo largo de la novela, hay una esencia que les une y les hace entenderse.
Con Amaia no sucede lo mismo. Ella cree que nunca ha sido escuchada, especialmente en su familia, por eso considero importante que el lector pueda oír su voz.
Además, desde un punto de vista técnico, quería que la novela tuviese cierto juego de voces. No es gratuito: Amaia, Óscar e Inés chocan, se hacen daño, tratan de comprenderse y de disculparse… y creo que estas ideas se construyen mejor cuando hay un enfrentamiento entre sus voces.
–El lector también va a encontrarse con un baile temporal constante, casi como un vals que va de los recuerdos a las acciones y decisiones del presente. ¿Por qué no eliges la estructura lineal?
Mientras planificaba la novela consideré importante que los personajes se enfrentasen a su pasado cara a cara, sin anestesia, como si lo tuviesen delante en ese momento. Por suerte la literatura permite crear este tipo de juegos temporales, que pueden ayudar también a hacer más fluida la narración.
Al mezclar pasado y presente, los recuerdos cobran una fuerza casi violenta. Así es posible comprobar cómo las decisiones que los personajes tomaron años atrás les afectan ahora. Una estructura lineal no lo permite, o al menos no con la fuerza que yo pretendía.
–Antes de Los años buenos publicaste el libro de relatos Vidas de alquiler. ¿Sientes vinculaciones entre ambos proyectos?
Son dos libros muy distintos. No sólo en el sentido de que Vidas de alquiler sean cuentos y Los años buenos una novela, sino en las temáticas de cada obra, en el tono de los narradores y en el estilo.
En Los años buenos hay un tratamiento muy realista de los personajes y las situaciones a las que se exponen, es el mismo mundo y los mismos conflictos a los que nos podemos enfrentar cualquiera de nosotros. En Vidas de alquiler opté por deformar la realidad en varios relatos, por ejemplo desde el absurdo, la sátira o incluso con algún elemento fantástico. Para contar la historia de Los años buenos estos recursos no me eran útiles, tenía que ser una aproximación absolutamente realista y cercana.
Igualmente, creo que en ambos libros se me reconoce. Y lo bueno es que el lector que decida leer las dos obras encontrará diversidad en las temáticas y el estilo.
–¿Puedes hablarnos sobre tu concepto del amor familiar y del amor de pareja, según la perspectiva del libro?
Este asunto siempre me ha parecido muy complicado de abordar. No tengo una explicación demasiado concreta, ya que hablamos de emociones y eso ya es entrar en el terreno de lo abstracto o de lo poético. Sí puedo decir que a la hora de escribir la novela me apoyé en dos conceptos un poco más definidos: la culpabilidad y el perdón.
Mis personajes sienten culpa debido a las decisiones que tomaron en el pasado y a la situación en la que se encuentran en el presente, y además se ven en la tesitura de perdonar (o no) las acciones que han cometido otros y que les afectan en su vida. Bordean siempre ese terreno, que es donde se encuentra el peligro de estas relaciones tan cercanas: necesitan ser perdonados, pero ellos también tienen que perdonar y quizás son incapaces de hacerlo.
Las mismas dudas que yo me planteaba antes de escribir la novela son las que han encontrado Amaia, Óscar e Inés, así que prefiero que ellos hablen por mí. Lo que sí puedo contar es que la novela está narrada desde lo cotidiano, con multitud de escenas con las que cualquier lector se podrá sentir identificado.

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