Los años buenos en Madrid

¡Llegamos a Madrid! Lo hicimos con Los años buenos y de mano de La Anónima, una coquetísima librería que no solo nos abrió las puertas, sino que nos dejó claro, desde el inicio, que lo importante es tejer redes, construir cultura, abundar en los cuidados. ¡Qué maravilla!

El evento de presentación de la primera novela de Quique Fernández no pudo ir mejor: contamos con la ayuda de José Luis Pascual, escritor y director de la revista de crítica literaria Dentro del Monolito. Pascual condujo una charla que permitió que el autor de nuestra tercera publicación transitara a través de sus temas, referentes, estilo de escritura y forma de ver la vida.

Entre los temas que destacaron en este encuentro estuvieron el de la nostalgia —algo tan importante en el argumento de Los años buenos—, el de la humanidad de los personajes y el del manejo del tiempo, que en la novela de Quique Fernández es un viaje adelante y atrás en la biografía del triángulo de protagonistas.

Reconocemos que esta primera acogida, en una ciudad tan inmensa y hostil como puede llegar a ser Madrid, nos conmovió: agradecemos a todas las personas que decidieron pasar la tarde de un viernes gris de marzo en este rinconcito de luz que es La Anónima y que optaron por llevarse un ejemplar para apoyar a un autor tan redondo como Quique y a una editorial chiquita, chiquita como la nuestra.

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Los años buenos o la familia

Los años buenos es el título de la primera novela de Quique Fernández. En ella el autor explora el amor en dos circunstancias muy diversas: la de un matrimonio mayor que ve cómo el lazo que les une se tensa en esos momentos en los que toca preguntarse si vivir así ha merecido la pena, y la de Amaia, su hija treintañera, que está en conflicto con su propia identidad sexual.

Una narrativa temporalmente fragmentada, que viaja adelante y atrás en sus biografías, sirve al autor para ahondar en el amor desde la ternura, pero también desde la crudeza de la propia realidad: cómo el tiempo, los miedos, las incertidumbres o la propia desesperación personal pueden quebrar el frágil equilibro de lo cotidiano.

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